8 de febrero de 2013


La inevitable muerte se hace presente. Lo tomo con calma y serenidad, pues el metro ya me vio llorar.

Ay doña señora, le dije que tenía que ir a mi graduación. Perdóneme, nunca le lleve un novio. Ya no iré a visitarla cada vez que salga de la escuela. Sin embargo, rectifique que no necesito de un Dios para rezar o pedir por un ser querido. Se fue, pero está en mi mente y mis recuerdos. No hay más. Gracias.


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