19 de mayo de 2016

Desde mi infancia amé la música: él era un maravilloso instrumento, siempre afinado, rico en tonos como ningún otro. Todos los sentimientos y estados de ánimo estaban fundidos en él; poseía fuerza y delicadeza en el sentir; ningún pensamiento le resultaba demasiado elevado, ninguno excesivamente arriesgado


Valiéndose de sus dotes naturales, él sabía engatusar a una joven hasta atarla a su persona, sin
preocuparse más tarde de poseerla en sentido estricto. Imagino que sabía llevar a una
joven hasta el punto en que estaba seguro de que habría sacrificado todo por él. Llegado aquí, cortaba todo, sin que por su parte tuviese lugar la menor presión, sin que hiciera la más mínima alusión al amor, sin una declaración o promesa. Y sin embargo había llegado hasta allí; y de la conciencia de todo esto derivaba una doble amargura para la desgraciada, ya que ella no tenía nada a que agarrarse y vagaba entre
desesperados estados de ánimo en una lucha infernal. A veces, perdonándole a él, se reprochaba a sí misma, y más tarde se lo reprochaba a él, y entonces, ya que sólo había tenido lugar una relación en sentido impropio, se enfrentaba continuamente con la duda de que no fuera nada más que pura imaginación. Tampoco le quedaba el recurso de confiarse a alguien, pues efectivamente no tenía nada que confiar. Cuando uno sueña, les puede contar a otros su sueño, pero lo que ella tenía que contar no era un sueño, no,
era realidad; por lo que, cuando quería contárselo a otros para desahogar su angustiado corazón, todo se quedaba en nada. Y esto lo percibía ella muy bien. Si nadie podía entender esto, mucho menos podía hacerlo ella, aunque le oprimiera el peso angustioso de la duda.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Deja tu comentario ^^